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En lo profundo de nuestro ser, el alma es ese vínculo eterno con la divinidad, un fragmento del todo que viene a la Tierra con un propósito: reencontrarse con su naturaleza divina. Su travesía es única, marcada por las elecciones y los aprendizajes que la guían hacia su misión. Este viaje que emprendemos en busca de nuestra esencia se llama el camino del alma .

Al principio, este camino parece simple y está moldeado por los estándares humanos. Desde que nacemos, nuestros padres se convierten en los primeros guías, enseñándonos a navegar por la vida según lo que la sociedad espera: obtener una buena educación, alcanzar títulos, ocupar un lugar respetado, formar una familia y dejar un legado antes de partir.

Sin embargo, mientras corremos tras estos objetivos terrenales, empezamos a recibir señales. Son susurros divinos que nos alertan de que quizás nos hemos desviado del propósito auténtico de nuestra alma, recordándonos que hay algo más profundo y significativo esperándonos más allá de las metas terrenales. Estas señales buscan guiarnos de regreso al camino que nuestra esencia eligió antes de nacer, un trayecto que nos conecta con la verdad de quienes somos, con nuestra misión divina y con la plenitud que solo se encuentra al alinearnos.

Estos llamados llegan de distintas formas: desafíos, situaciones repetitivas o momentos de introspección profunda. Persistir hasta que un día, finalmente, despertamos. Y en ese despertar, comprendemos que aunque el camino recorrido no fue un error, nos hemos sumergido demasiado en las distracciones del mundo material.

Es entonces cuando miramos atrás con nuevos ojos. Nos damos cuenta de que nuestros padres, aunque nos guiaron para encajar en la sociedad, también nos entregaron, sin saberlo, el manual de las lecciones que nuestra alma debía aprender para retomar su camino. Nos enseñaron, a través de experiencias, a enfrentar patrones repetitivos y a aprender.

El verdadero viaje comienza cuando sugerimos seguir esas señales de luz, dejando atrás las viejas creencias que ya no nos sirven. Es en este punto donde todo cobra sentido: nuestras vivencias, elecciones y errores revelan su propósito. Los vemos como maestros, cada uno desempeñando su papel en nuestra evolución y guiándonos, de manera consciente o inconsciente.

Este despertar nos transforma. Nos permite mirar la vida con los ojos de la verdad, apreciando cada experiencia como parte del plan mayor de nuestra alma. Comprendemos, finalmente, que el camino que nuestra alma eligió recorrer no es un error ni una casualidad, sino una oportunidad para recordar quiénes son.

En Camino de Almas ,

Porque solo cuando comprendemos nuestro propósito, todo lo vivido encuentra su lugar y se convierte en una pieza esencial del gran rompecabezas de nuestra existencia.

¡Bienvenidos al inicio de la transformación! 

 

AYLA, M. B.

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